PALABRAS

"Una mirada lo cambia todo: la perspectiva, la luz, la sombra, el verso... la palabra."

UN BILLY ELIOT VENEZOLANO EN EL RURAL GALLEGO

Hace 8 horas / Gente con ARTE / 0

Fecha de publicación: 28 de octubre de 2026

UN BILLY ELIOT VENEZOLANO EN EL RURAL GALLEGO

Raúl Castellanos, diagnosticado de Parkinson hace 20 años, no ha parado de bailar.  Él y su mujer, Aurora, nunca pierden la ilusión por la vida, por mucho que cambien los ritmos. 

Por:  Cristina Mª Menéndez Maldonado

Fotos y vídeos: Gerson A. de Sousa Oliveira

Conocí a Raúl y Aurora en las clases de Afrobrasileño y Samba que imparte mi pareja, Gerson A. de Sousa en la Peluquería de Manuela Rivero, en Celanova, y su historia me conmovió profundamente. ¿Cómo era posible, que un hombre con Parkinson desde hace 20 años, con las dificultades físicas que eso conlleva, se apuntase a clases de danza? Una vez más, la vida nos traía uno de los regalos más impresionantes que podíamos imaginar. Desde la más absoluta sencillez, Raúl nos mostró que la actitud ante la vida es lo que marca la diferencia, porque en lugar de sentirse como un enfermo, él decidió bailar con la vida. 

Cada día, cuando las dificultades aprietan, se levanta de la cama y convierte su jornada en su entrenamiento, en el que la música es su esencia íntima, y su cuerpo, aún con las limitaciones del Parkinson, el vehículo que le acompaña y le ayuda a expandirse más allá de sí mismo.

Su gran compañera, Aurora, le escogió por muchas buenas razones, pero especialmente por su pasión por bailar, cosa que en su entorno no acababan de comprender, pero ¿acaso no es mejor danzar con la vida, que simplemente transitarla? 

Quedamos mi pareja y yo con Raúl y Aurora en su casa, una tarde de lluvia. Además de su pasión por el baile y el buen comer, me encantó su sentido del humor, sus ganas de sacarle a la vida sus sabores y ese ritmo compartido por ambos, a pesar de que la música a veces cambie sus pasos bruscamente. Entre preguntas y risas, también hubo bailoteo, por supuesto, no podría ser de otro modo y pienso que hay personas que no están hechas solo de cuerpo y alma, sino también de música. Durante la entrevista, Raúl nos mostró sus canciones favoritas, las que le hacen vibrar hasta el punto de que el sofá se le quedaba pequeño, e irremediablemente tenía que levantarse para danzar. 

A mi primera pregunta de cómo empezó su relación, Raúl me comenta, entre risas, que sus comienzos fueron “turbulentos”. Me explica que él estudió en un Liceo de Valencia, en Venezuela, al igual que Aurora, ambos venezolanos de nacimiento, cuando tenían alrededor de 15 años. Aurora se fijó en él por aquellos días, pero Raúl, muy popular entre las chicas de la escuela, se marchó para estudiar ingeniería industrial en Maracaibo, al tiempo que Aurora se formó como maestra de inglés en Valencia y sus caminos se separaron, por el momento, hasta que volvieron a coincidir en la empresa “Good Year” de neumáticos, y aunque a priori no se reconocieron, al poco tiempo comenzó su historia de amor.  

Los inicios turbulentos a los que apuntaba Raúl se referían a su enfrentamiento con el padre de Aurora, carpintero en la misma empresa, un hombre rebelde, que Raúl recuerda desde el cariño como “malcriado”, pues no había forma de que atendiese a burocracias ni papeleos. Una primera línea roja en su relación con Aurora, que al final consiguió superar, pues estaban decididos a estar juntos contra viento y marea. De su relación nacieron tres hijas a las que también les encanta bailar. Cuando Raúl habla de ellas dice, con orgullo, que nacieron para el mundo y que siempre tuvieron claro que no tenían que retenerlas. Cada una de ellas reside en diferentes lugares de ese mundo que sus padres imaginaron  con una vida plena y feliz. 

Después de buscar alternativas de trabajo ya como pareja en Venezuela, decidieron mudarse a España, a Madrid y después a Galicia, donde residen actualmente, ya jubilados, en la que fue la casa de los padres de Aurora.  

Hace 20 años, cuando Raúl cumplía los 50 años, le diagnosticaron “Parkinson”, la misma dolencia que sufrió su suegro. Y ese año entró en un estudio de la mano del doctor Juan José López Lozano, en aquel momento Neurólogo, Coordinador y Responsable del Programa de Aplicación y Uso de Bomba de infusión en Parkinson Avanzado, y gracias a ello, a día de hoy puede regular los síntomas motores de su enfermedad, aunque sin olvidar que es una dolencia degenerativa que implica un continuo esfuerzo. 

Durante la primera clase de Afrobrasileño y Samba, cuando conocimos a Raúl, vimos con admiración como pasó de sostenerse gracias a la pared y un bastón, a mover brazos y piernas junto a Gerson. En un momento tuvo un bloqueo de la marcha o también llamado freezing, síntoma del Parkinson que sin embargo, no le hizo renunciar a la clase. Tras un breve momento, volvió a danzar, con esa persistencia que no conoce el desaliento, y me recordó a los castores que construyen y reparan presas incansablemente, con el instinto y la perseverancia de ingenieros del reino animal. 

La admiración que sentimos por Raúl y Aurora late poderosamente como un tesoro familiar que ahora también forma parte de mi historia y de la de aquellos que lean estas líneas con la sensibilidad que merece. 

Su prima Miriam Luisa Araújo Baptista, escribió para él un texto de reconocimiento y amor lleno de fuerza que comparto [PINCHA AQUÍ ]y que demuestra que hay personas que tocan tu alma con tanta intensidad, pureza y verdad que cambian para siempre tu mirada ante las curvas y requiebros de la vida. Tantas y tantas veces un problema puntual nos hace perder el norte, agobiarnos, sin darnos cuenta de que hay personas, como Raúl, que se enfrentan a una sesión continua de dificultades, en una carrera desgastante e imparable a la que él, cada día, le pone su propia música. Así es, como esa enfermedad que llegó sin avisar, hace veinte años, se convierte, en su pareja de baile cada día. 

De Aurora, también hay mucho que contar. El amor por Raúl le sale por los ojos con una luz que destila orgullo y alegría. Siempre sonriente, ella es la compañera de viaje en esa danza que tantas veces trata de echar el freno, pero que ni antes ni ahora consigue detenerlos. Cuando Aurora recuerda algún que otro admirador de juventud que su madre le recomendaba como buen mozo, ella zanjaba la cuestión con valentía: «A mí me gusta bailar y yo no voy a salir con un patoso que no sepa bailar», a lo que su madre contestaba con una pregunta: «¿Es que tú piensas que la vida es solo un baile?» Aurora lo tenía y tiene muy claro… Después de 37 años juntos, la música y el baile se han convertido en la receta indispensable para cocinar sus vidas. 

Varios libros sobre su mesa llaman mi atención. En las portadas hay viajes que seguro hicieron juntos y los sabores de su país natal con menús venezolanos, cocina criolla. Rastros de lo que se baila en una vida. 

Cuando le pregunté a Raúl por el sentido de la danza, antes y después de ese acompañante incómodo, el Parkinson, su manera de expresarse, no solo con palabras, también con el cuerpo, me emocionó. «El movimiento me libera, no hay nada que te transporte a otra dimensión como la música y la danza»– y añadió–«Es un salto de liberación total»–y pensé que Raúl siente el alma en todo su cuerpo y al igual que Billy Eliot, también esa electricidad que le hace desaparecer y volar como un pájaro. 

De esa gran sensibilidad nació un programa creado por él que ha llamado: Bailando para vivir mejor, cuya sensibilidad aúna no solo la danza, también la riqueza de la música latina. Él se basó en la evaluación que hacen los médicos del Parkinson y que la divide en varias fases con sus diferentes síntomas. Raúl asoció cada estadio con un ritmo, siempre con base musical latina, que ayudaría a las personas con Parkinson y otras enfermedades neurodegenerativas a mejorar su capacidad motora, de modo que, en los de nivel 1 y 2 cuando la dolencia es moderada, el género musical utilizado sería el Guaguancó una forma de rumba cubana que es la fusión de rituales afro cubanos, con influencias africanas. Raúl también nos explicó, con mucha pillería y gracia, que en este ritmo la intención del baile es la conquista y el coqueteo con la mujer.  

Para el nivel 3 de la enfermedad Raúl recomendó el Boogaloo (o bugalú), baile de mediados de los 60 que fusiona ritmos afrocubanos, como el son, el mambo o la guajira, con el soul, el R&B y el rock & roll, y que ayuda al equilibrio. 

Terminamos escuchando un chachachá muy conocido, “La camarera del amor”, mientras Raúl cantaba con emoción con la voz y con las manos. Para un alma tan inquieta y libre, aunque el cuerpo le recuerde, con sus empeoramientos, la pérdida de fuerza, el avance del Parkinson, no existe la palabra “rendirse”.  

Casi al finalizar la entrevista, Raúl vuelve a sus recuerdos de cuando tenía 15 años. En el pasado fue locutor para ganar algo de dinero, hizo eventos y su voz fue considerada una voz clásica con la que tuvo “aciertos amorosos impresionantes”, me comenta entre risas. Uno de esos aciertos ocurrió cuando llamó por teléfono a un amigo y cogió el teléfono su tía, que tenía una deliciosa voz, pero que resultó ser muy fea. Una anécdota que nos hizo volver a reír. En esa receta de danza, música y resiliencia no falta nunca el sentido del humor, otro ingrediente fundamental en sus vidas. 

A pesar de las caídas y los golpes que se ha dado, Raúl persiste e insiste, se fabrica cada día su mundo y me explica, que la diferencia importante en su proceso es que él no es un enfermo, sino que está afectado por una enfermedad. «La enfermedad no es un estado mental es un tema físico que no puede acabar con la ilusión. Si no hay ilusión no se puede avanzar, y yo la cultivo cada día.» -comenta

Mientras escribo estas líneas pienso que Raúl es nuestro Billy Eliot aquí en Galicia, y cada amanecer, con su Aurora, el primer paso no es un paso cualquiera, es, un nuevo paso de baile.  

Raúl, Aurora y Gerson (Profe de Afro-Brasileño y Samba)