PALABRAS

"Una mirada lo cambia todo: la perspectiva, la luz, la sombra, el verso... la palabra."

EN LA PENUMBRA DE UN PÁRRAFO

Hace 10 meses / Relatos / 0

Fecha de publicación: 20 de noviembre de 2016


EN LA PENUMBRA DE UN PÁRRAFO

Por Cristina  Mª Menéndez Maldonado  

No imaginaba como sería volver a tomar aquella vieja pluma entre mis dedos; ni recordaba el tacto sobrio de la madera invitándome a escribir otra vez. Entonces la magia volvió a invadir mi mente y las ideas, los matices, el sinónimo deseado,  cobraba realidad en el papel. Yo estaba tan emocionada con el reencuentro con las musas, que no reparé en él. Lo cierto es que no había querido recordarle desde la última vez que nos vimos, en mitad de una página, cuando perdido y sólo buscaba respuestas. Y si, había tratado de difuminar su esencia, ese olor que me perseguía capítulo tras capítulo dejándome sin respiración. Quería olvidarle como un dios arrepentido de su creación. Sin embargo, él seguía allí, más fuerte que mis propios deseos, en la penumbra de un párrafo esperando su oportunidad, rumiando durante más de dos años una venganza que compensase una vida tan llena de carencias. Encontré su nombre entre borrones, que me llamaba a gritos recordándome lo que un día hice con su vida, y me sentí culpable. – Estúpida- pensé- debí de haber quemado todos estos cuadernos. ¿Por qué no lo hice?- me dije. Orgullo de escritor tal vez…Era cierto, me sentía orgullosa de mi obra. Un hombre como aquel no podía morir; él siempre debía ser el héroe. Pero yo,  volvía a sentirme culpable…Nunca dejé que venciera. Entonces él me miró a los ojos y pensó que dos años era demasiado tiempo. Su rostro estaba lleno de interrogantes, igual que el mio. ¿Cómo pudo sobrevivir sin mi?-pensé. Quise preguntarle lo que había estado haciendo, pero no me atreví, tenía miedo de la respuesta… Él había vivido a media luz y la independencia con que yo le había creado le fue útil para adaptarse al eclipse. Adivinando mi pregunta me contestó con ironía (algo de lo que yo no creía haberle dotado)- No te sorprendas- rió con amargura- No sabes aún cuantas cosas se aprenden en soledad. Dos años era demasiado tiempo, para soñar despierto sin adivinar, ni tan siquiera sospechar que ocurriría mañana, sólo la penumbra, la dolorosa espera. La primera página de su vida se la pasó en la ciudad, con su chaqueta empapada de humo y un recorte de periódico en las manos en el que solicitaban jornaleros. Yo inventé su pasado dotando a su pensamiento de lo que en literatura se llama “monologo interno”. Y en esos momentos breves, en escuetos rasgos, fue cuando le presenté su infancia e inventé a su madre,  una mujer de campo, noble y ruda, con olor a tierra, con sabor a mar y ojos hermosos,  que había muerto unos años antes,  en algún libro que no existe y del que nadie oyó hablar. “Ahora se que nunca me perdonaste su muerte, porque hice crecer  en ti un recuerdo demasiado hondo, demasiado humano, sabor de madre en tus labios, amor desconocido que anhelas como la vida” Por eso tardé más de dos páginas en aliviar tu dolor, por eso inventé a Lola. Creí que sería algo temporal, un capricho hasta que recuperases el ánimo, pero se me fue de las manos… Te había ideado tan sencillo y puro que no imaginé que ella lograse transformarte. Te entregaste a su amor de tal modo que mis intentos por que la olvidaras fueron inútiles. Tú conseguías evadirte con ella para vivir momentos que yo nunca inventé para ti, para robarle al tiempo entre párrafos el sabor de sus besos. Lola no era una mujer especial, nunca lo fue, su vida era demasiado simple porque así fue como la imaginé para ti. Su espacio era el de un personaje de relleno, una sombra que viene y se va en apenas unas pocas páginas. Su risa si que era hermosa, lo único importante de su fatua existencia. Y eso precisamente fue lo que te enamoró como un loco. Te encantaba escucharla cuando se reía, entonces yo a menudo trataba de juntar los párrafos y las letras componiendo una interminable frase-novela que os impidiese ser libres. Pero había algo más. Yo te creé capaz de un amor fuera de todo límite, idealista, soñador, entregado,  sin advertir que Lola en su pobre espíritu de entrelíneas te amaría de igual manera. Los dos necesitabais de ese amor, y yo pobre escritora novata os uní en la desgracia. Yo no podía imaginar que cuando el creador reposa su pluma, en ese instante,  su personaje es casi libre, casi humano. Entonces mis celos crecían y mi alma rumiaba una traición que yo misma había creado. ¡Cuánto te amaba!. ¡Cuánto me odiabas! Sé que tú también me amaste alguna vez, cuando te fascinaba mi rostro bajo la luz de las velas, imitando a los viejos poetas con plumas de ganso empapadas en tinta barata. Me viste crecer, decorar tu vida con frases torpes,  tratando de aprender de las musas un modo más elegante de escribirte, de pensarte, de crearte. Pero siempre fuiste tú, auténtico, único en mi pensamiento. Cuando Lola se fue sé que todo acabó entre nosotros,  y ya nunca más volví a escribirte. Tu recuerdo me persiguió entre las líneas de otros libros, bajo las notas de otros autores, y casi podía ver tus ojos preguntándome porqué te había abandonado en la penumbra de un párrafo. En ese instante ya no era dueña de tu destino, y sin embargo tú si lo eras del mío. No podía escapar de ti. Te confieso que pensé en destruirte, en acabar con este pensamiento que me envolvía día y noche, pero no podía olvidar que yo te había creado, como a Lola, pero tú eras diferente, siempre lo fuiste. Así que pensé en acabar con ella, borrarla de tu historia y arrancar esas páginas que os unían creando una brecha imposible de atravesar. Tal vez de ese modo no notases el salto, esas páginas llenas de promesas, que ahora yo destruía, en las que deambulabas como atontado admirándola, bebiendo de sus labios. ¡Qué ingenua fui! Tus recuerdos te unían a ella. Lo vivido no puede ser borrado y tú viviste muchas cosas. Cosas que ni siquiera yo pude imaginar… A pesar de todo las musas me cobijaron e inventé un nuevo recurso, un personaje nuevo. Máximo, el camionero incansable, el Príncipe de las carreteras sería mi salvación. Él era el tipo de hombre que siempre le interesaría  a Lola. Rudo, enérgico, hombretón. Un escaparate perfecto que serviría de señuelo a mi imaginación para alejar a Lola para siempre. Así fue como ella y su camionero huyeron de ti. De nuevo fuiste sólo mío… Cuando reparé en tu mirada, lo confieso, sentí vergüenza. Tu éstas hecho de mis ideas ¿cómo no habrías de conocerme?…Una sonrisa irónica se dibujó en tus labios, te encogiste de hombros y volviste a sentarte en un rincón de ese apartamento de alquiler que un día heredaste de tu viejo amigo Lucas. Sé que entonces deseaste morir. Para mi no fue mejor… Perdí a mi musa en esta intensa batalla entre lo que debía hacer y lo que mi corazón reclamaba. Ya todo eran borrones. La pluma y tú parecíais odiarme. Ni siquiera entonces,  en medio de aquel malestar que me envolvía,  levantaste la vista. Tenías razón, yo no merecía una mirada tuya  después de la vida que inventé para ti. No lo hiciste, no buscaste mis ojos, aunque sabías que estaba ahí mismo, cerca de ti,  sobre tu cabeza, inventando como una diosa loca tu destino, la ruleta rusa que tu  tristemente llamabas “vida” . Por eso enterré el cuaderno en el armario de los trastos, que nunca nadie ha  ordenado y todo para olvidar tu esencia, el olor de tus pasos cuando caminas hacia donde yo te dirijo, siempre pegada a tu espalda, sintiendo casi el roce tu pelo mientras mi respiración te alienta.  Olvidar para olvidarte no es posible para mi, no hay antídoto para mi. Es ahora después de dos años que se que aún estás ahí en el clarooscuro de una frase y no puedes morir mientras yo viva. Estás en el mismo lugar donde te dejé la última vez, y llaman a la puerta… Aunque no haces ningún gesto de interés al respecto, la insistencia te hace reaccionar. ¿Podría ser Lola?. No no puede ser. La única carta que recibiste de ella fue hace dos años. Te pedía perdón diciendo que su felicidad con Máximo era completa y que esperaba un hijo suyo; después se despedía cariñosamente diciéndote que te cuidases, y que siempre serías su “amigo del alma”. “AMIGO DEL ALMA”- repetías sin poder creerlo -¿y qué hay del cuerpo? ¿Qué hay de las caricias en la penumbra arropados por la sombra  de un párrafo, ese amor que soñó humano?. Por eso te sentiste más papel que nunca, sólo palabra, neutro como un nombre, oxidado como un viejo verso… El timbre no cesa de sonar. Tal vez sea un vendedor de objetos  estúpidos deseoso de contarte cosas sin sentido, o tal vez un vecino en busca de un poco de azúcar o algo de pan. No te importa. Hace dos años que nadie llama a tu puerta y es un sonido extraño. El cigarrillo aún esta prendido en tus labios y el humo va y viene por tu garganta, está gastado como tu tiempo, como la página que sostiene ese día en el que tu papel es el de esperar. Ese párrafo infinito sin días ni noches, sólo de penumbra. Ahora lo sabes, el timbre te avisó de que yo estoy contigo de nuevo, pero no temas, no volveré a hacerte daño. Inventaré para ti un lugar mejor, un espacio donde el tiempo para llorar se haya acabado, donde seas feliz en cada línea, en cada renglón… Estás nervioso. Siguen llamando…Sabes que no miento, lo sabes porque siempre he sido sincera con respecto a tu destino, ni siquiera me escondí cuando inventé a Máx el camionero incansable, tu lo sabes, a pesar de que la verdad me robó tu confianza. Pero dos años es mucho tiempo, demasiado tiempo, y sientes necesidad  de abrir  la puerta, de apostar de nuevo, de vivir…Sabes que soy yo.  

FIN