PALABRAS

"Una mirada lo cambia todo: la perspectiva, la luz, la sombra, el verso... la palabra."

Florin, el soñador

Hace 28 días / Relatos / 0

Fecha de publicación: 18 de septiembre de 2019

FLORIN, EL SOÑADOR

Código de registro 1909181957198

Por Cristina Mª Menéndez Maldonado

Iba deprisa, contagiada por ese ritmo frenético y adormecedor de la ciudad en horas punta. De reojo lo vi y me asusté. Hubiera jurado que era humano y me paré en seco unos metros más adelante llena de curiosidad, para después retroceder y mirarlo atentamente.

Era un muñeco de cartón piedra, tan alto como una persona, colocado estratégicamente en la puerta de cristal de una tienda de antigüedades.

Un bigotito fino enmarcaba un gesto desconchado y triste, de ojos brillantes que miraban hacia la calle. Vestía como un anticuado mayordomo, dispuesto a atender a su señor con prontitud, aunque le faltaba un brazo. Parecía un recluso tras los barrotes de una persiana metálica, cerrada a cal y canto. Las luces titilantes de los coches, rebotaban en el cristal y daba la sensación de que movía la cabeza, observando todo cuanto pasaba ante sus ojos.

Le hice una foto, avergonzada por robarle su intimidad y pensé, loca de mí, que algunos objetos parecen más vivos que muchos humanos. En ese momento no imaginaba que dentro de mi móvil, el triste hombrecillo de cartón pululaba entre mis fotos y vídeos con el irresistible deseo de ver el mundo.

   

Con la ilusión de un chiquillo inquieto observó los encuentros y desencuentros de mi último verano: el oleaje de la playa mojando mis pies, el vuelo de los pájaros como una mancha revoltosa y cambiante, una cena improvisada con los últimos restos de la nevera (un tomate y algo de pan), una broma compartida entre amigos con millones de comentarios absurdos, un gesto de disculpa, mi solitario cumpleaños sin velas ni pastel, una copia de una carta de reclamación por un recibo incorrecto de la luz, el tapón gigante de una piscina natural, las huellas de una oca en un sendero de tierra…Y Florín tímidamente, dejaba su indiscreto rastro en mi cuaderno de notas virtual, una palabra cada vez, para definir a su modo lo que mi galería despertaba en él: luz, alegría, cielo, sueños, sueños, sueños, soñar, soñador, soñante, soñando…

Fue por ello que deduje, torpemente, que tal vez aquel espía creía soñar al ver mis recuerdos y a partir de ese momento me hice el firme propósito de levantar la mirada, incluso en horas punta, para fotografiar lo que hasta ahora había pasado desapercibido ante mis ojos.

La primera tanda de fotos la hice antes de llegar al trabajo. Siete cielos distintos, una flor amarilla en el asfalto, el agua de varias fuentes que cantaba al chocar consigo misma, miles de pies que van y vienen creando mapas, zapatos, quioscos, escaparates, viajeros que suben con prisas a un auto, un cachorro asomado por una ventana tomando el fresco, saludos de ida y vuelta, tazas de café y azucarillos, niños que llegan tarde al colegio….

  

Poco después del medio día  llegó un críptico mensaje de Florín a mi cuaderno de notas...Estaba lleno de pequeñas estrellas, como un noche luminosa sobre la hoja en blanco y junto a ellas una raya curvada a modo de sonrisa que me hizo comprender algo su felicidad…

Guardé más fotos, vídeos, impresiones, trozos de realidades sin conexión que Florín disfrutaba, y solo unas horas más tarde mi cuaderno de notas volvía a rebosar de estrellas.

Pero un día, de repente…Solo silencio.

Esperé impaciente su respuesta, esas luminarias nocturnas sobre hojas en blanco que me regalaba cada día y que daban impulso a mi mirada, para descubrir lo invisible de lo visible, lo maravilloso dentro de lo cotidiano, la belleza de cada instante que ahora veía con otros ojos...

Le echaba de menos, anhelaba sus mensajes y fui en su busca, como el que trata de abrazar  lo más sagrado de un santuario, pero no estaba en el escaparate. En su lugar habían una pareja de Garzas de porcelana del XIX y un refinado juego de té con cucharillas de plata.

Entré en la tienda con timidez. Rodeé vajillas de filigrana, candelabros dorados, esculturas de santos, un barco en relieve que navegaba sobre un mar de ásperos retales, un campesino de marfil, un barómetro francés… Pero no había rastro de Florín... Rendida y triste, me marché. 

Sin embargo, pocos días después, en mi camino hacia el trabajo volví a verlo  en el escaparate, junto a una lamparilla de lágrimas de cristal cuyos reflejos titilaban en su rostro, llenándolo de estrellas. Ya no observaba la calle, en realidad no miraba hacia  ninguna parte...Soñaba.