PALABRAS

"Una mirada lo cambia todo: la perspectiva, la luz, la sombra, el verso... la palabra."

Presentación de El vendedor de abanicos

Hace 23 días / Novelas / 0

Fecha de publicación: 23 de mayo de 2019

El pasado 23 de mayo de 2019 fue un día de mucha emoción y nervios en la presentación de El vendedor de abanicos...Con algunos problemas técnicos que tuvimos que lidiar y que finalmente se resolvieron, comenzó una velada mágica.


No esperaba que se llenase la librería La Lumbre, no solo con personas que conozco, también con desconocidos y hubo muchas anécdotas. Vi a mi prima Ana, que no veía desde que éramos niñas y ella me enseñó cómo se leían las horas en lo que fue mi primer reloj de cuerda, no me lo podía creer, ¡qué ilusión!

Mª Consuelo Altable, editora y directora de Eirene Editorial habló de "El vendedor de abanicos" y así iniciamos la presentación...



Una desconocida me dijo que pasaba por ahí y que se emocionó con la presentación y se alegraba de conocerme. Mis padres y mi hermana disfrutaron muchísimo y me emociona poderles regalar momentos luminosos en sus vidas. Creo que eso de agitar el abanico para traer los buenos vientos, como dice Gabriel, el vendedor de abanicos, da un resultado genial. Ayer a pesar de los vientos rebeldes todo salió estupendamente

La presentación constó de varias lecturas, presentación de los artistas que bailaron y cantaron. 

La primera lectura basada en el relato "Vera y los Astros", dentro de "El vendedor de abanicos" dio paso a la primera danza...La de las estrellas, interpretada por Gerson A. de Sousa, bailarín y coreógrafo brasileño, mi pareja, mi amigo, mi gran amor. 

«Con el sueño anidado en el cuerpo, le regalaba una sonrisa a Alexei, el muchacho ruso que siempre llegaba antes de tiempo. El calor de aquellas sábanas, lecho de alquiler por horas, era el único abrazo que le hacía sentir terrestre. Vera podía soñar lo que jamás llegaría a ser, vano consuelo para no morir de recuerdos; pero aún tenía hambre. Esperaba un milagro, con la inconstancia de un niño; la atroz realidad no había lapidado aún sus quimeras.

Desde la cama de aquella buhardilla sin ventanas, llena de humedades, contemplaba el cielo apagado a través de una fisura. Los otros, los que llegaban después en el día, hartos de trabajar, siempre lo tapaban con telas, pero ella prefería desarropar la grieta y ver el mundo a oscuras. Ninguna estrella se dejaba ver por el resquicio, ni luz, ni pálpito, todo era un silencio sombrío, sin contornos ni hechuras, aunque ella imaginaba fugaces astros, nebulosas danzantes, lunas y cometas. Era la única entre miles de millones de seres que se asomaban al infinito a través de una rendija. 

Alexei la observaba de reojo mientras recogía sus cosas en la madrugada, poco antes de marcharse. Vera llevaba las marcas de las sábanas en la piel. Senderos que más tarde el joven repasaba en la tela, componiendo idas y venidas, posturas, pliegues con restos de perfume y sudor. Hambriento, abrazaba a solas esos atlas fugaces, exiguos, para colmar lo que su piel reclamaba en el retumbe de la sangre.  

Él nunca se fijó en la grieta, más que para cubrirla; el vacío lóbrego de aquella herida en el techo le daba vértigo. No quería dormir y que ese otro yo desprendido, ligero, volase demasiado alto, atravesase aquel hueco y se perdiera para siempre en el abismo. Prefería taparlo, igual que todos los que venían después.  

El ritual de la espera, cada amanecer, les había traído a ambos cierta complicidad. Alexei aprendió a leer, en la pleamar de aquellos lienzos agitados, los sueños y pesadillas de Vera. Y ese mismo calor, fugaz, que el muchacho trataba de custodiar bajo su cuerpo, alimentaba sus propios espejismos. Ambos, sin proponérselo, hicieron de aquel intercambio su sagrado ritual. Vera compartía a menudo sus últimos minutos de sueño con Alexei y le invitaba a abrazarla en silencio. El muchacho, obedecía, conmovido por el acercamiento, conteniendo hasta la respiración por no molestarla. En el lecho poco importaban quienes eran; el malvivir de los días ganando apenas para comer, los sueños en barbecho, con el corazón cabal, sin desboques ni utopías; solo aquel instante fugaz de intercambio en el que no eran más que dos seres que laten. A veces, en la duermevela del canje, Vera le hablaba de los astros que se habían asomado en la noche a través de la grieta: Sirio, Vega, Orión y a ratos, la luna nueva. YAlexei los veía brillar en las pupilas de la joven cuando se lo contaba.»


La segunda lectura, basada en el relato "Vientos y nanas" de "El vendedor de abanicos", dio paso a la voz maravillosa de Tracy Reynolds. 

«Marinela quiso despedirse a su manera de Dalio, con vientos y nanas. Nadie al verla tuvo valor para impedírselo. Vestida de volantes, con un trajecillo de lunares aún hilvanado, los zapatos de gitana en insistente taconeo y el abanico abierto de par en par.

Al oírla las plañideras detuvieron sus llantos para escuchar la “Nana de Sevilla”, meciendo con voz quebrada y dulce su último sueño…Adioses cargados de lágrimas le arrojaba la niña, como flores agitadas por los vientos de la muerte. »



«Este galapaguito

no tiene mare;

lo parió una gitana,

lo echó a la calle.

No tiene mare, sí;

no tiene mare, no:

no tiene mare,

lo echó a la calle.

Este niño chiquito

no tiene cuna;

su padre es carpintero

y le hará una.»




Y la tercera lectura, de la mano de las diosas Orishas "Oshún" y "Jemanya", fue una ofrenda a estas divinidades de las aguas del río y del mar,para lo cual preparamos un pequeño altar con cauries y conchas marinas, estrellas a modo de ofrendas...

«Otras diosas la visitaron en sus vigilias. Vio sus rastros en la arena, cauris perlados sobre huellas recientes. El retumbar lejano de tambores zarandearon los vientos. El abanico sagrado de Yemanyá esparció tesoros. La sal del mar, el azulado abismo, las flores celestes, anclas y peces…!Maferefún Madre! ¡Maferefún Yemanyá !

Oshún, gran reina, esperó su turno. Le regaló al océano una gota de miel, savia de sus ríos, tan dulce, que abrió caminos en las corrientes. Su dorada caricia tocó las profundidades de Adela. ¡Ora ye ye ò Oshún!  


Yemanjá serena sus lunas. En su espejo se desvisten las estrellas, se invocan calimas, paraísos derramados de agua y sal. En la noche, la divina deja restos sobre la arenisca, naufragios asediados por anémonas, algas y erizos. Las caracolas devuelven los ecos de la sima, mientras el mar roba las ofrendas: velas, peines, plumas blancas y celestes, cerezas…  


Oshún en el vaivén de su danza sonríe bajo su velo de perlas que chocan como lluvia agitada. En sus muslos desnudos se abrazan algas de río, juguetean peces alrededor de sus muñecas haciendo resonar sus brazaletes de oro; el baile de la vida libera nácares a cada paso. La diosa se asoma al abisal con la luna creciente detrás, iluminando lo insondable. Ahí mismo lanza sus remos, una estrella, y varias campanillas descosidas de su vestido amarillo. Criaturas traslúcidas liban su piel, besan el néctar meloso y afrutado de su talle. La “Tubipura Música”, la “Alcyonacea”, la mariposa de cristal, el pulpo violeta; todos reposan en su ombligo, centro del mundo acuático. Su abanico de sándalo llama a las corrientes. El cielo boca abajo, caldero sumergido, absorbe la miel, el azafrán, la canela, el chayote, la hierba caimán, el perejil y la manzanilla de las peticiones. Lo macera en la lenta digestión de las aguas. Se escuchan oraciones bajo el ritmo descendente de las mareas.»


Después llegaron preguntas sobre mi novela y la emoción de las firmas de novelas y abanicos

...Un día mágico sin duda

    

Con mi amiga Ariadna, sacerdotisa de la Diosa

                                 Una lectora y mi padre, atento a todo y muy emocionado

  

Gerson, Tracy, yo, mi madre y Ariadna

  

Ariadna, Quini, mi madre, Paquita, Esther, yo, Tracy y Gerson

Gerson A. de Sousa. Danza a las diosas Orishas Oshún y Jemanyá

El día anterior hablaron brevemente de la novela, en el espacio cultural de ONDA MADRID

(Minuto 46:17)